Libera me Capítulo 3

Libera me Capítulo 3

 

Al entrar en mi habitación, Mina aún dormía sobre mi cama, la desperté e hice que bajara. Me tumbé dejando caer mi cuerpo sobre mi colchón, noté cómo el blando lecho cedía a mi peso. Una nube de polvo y pelos, que eran la evidencia de que Mina hubiera pasado allí nueve horas, se elevaba a mi alrededor. Aspiré y después tosí al notar el olor a perro.

Tras unos momentos de reflexión, me toqué la parte trasera de mi cuello. Me dolía por haber estado antes tanto rato en la misma posición. Después, intenté relajarme y le recordé, miré al techo, suspiré. Pero, por Dios, era una locura, en realidad no sabía nada de él. Sonreí en soledad, al darme cuenta de que en vez de inquietarme por haberme acostado con un hombre casi seguro veinte años mayor que yo, me preocupaba por no saber nada de él.

Había pasado la noche anterior en vela, sin darme cuenta mientras pensaba, me quedé dormido. Al despertar, me alegré de que ya hubiera oscurecido, pues habría sido un martirio tener que esperar todas aquellas horas para poder encontrarme con él. Me levanté y miré mi reflejo en el espejo que había en la puerta de mi armario. Aún llevaba el pelo suelto, curiosamente desde que, la noche anterior, él me había dicho que no volviera a recogérmelo, no había pensado en hacerlo.

Miré el reloj, también reflejado en el espejo donde me había mirado hacía un momento. Marcaba las nueve de la noche, pensé en cambiarme e ir directamente al hotel, donde sabía que él iba a estar esperándome. Pero con aquel aspecto no podía presentarme allí. Así que cogí ropa limpia, mi cuchilla de afeitar y me dirigí al cuarto de baño. Me duché y me afeité, no me habría parecido necesario hacerlo de no ser que esperara volver a encontrarle esa noche, ya que el vello que crecía en mi cara era suave y poco espeso. Después, me puse suavizante en mi larga melena y esperé el tiempo recomendable para aclararme el pelo. Me vestí con detenimiento, procurando fijarme bien, para que no hubiera ni una minúscula arruga en mi camiseta básica de color azul oscuro. Ni mi hermana ni mi sobrino se encontraban en casa, así que pude hacer todo aquello sin ninguna interrupción.

Una vez vestido y calzado salí del cuarto de baño que se encontraba en “mi zona” y me dirigí al que estaba al lado de la habitación de mi hermana. Allí, en el armario bajo el lavabo, se hallaba el secador de pelo que enchufé a la corriente y encendí para secar mi melena. Tardé más de veinte minutos en conseguir hacerlo por completo.

Ya estaba listo, fui hacia la puerta de salida, iba a coger las llaves para dirigirme hacia allí pero, en vez de ello, fui hacia el comedor y me senté en el sofá. El reloj del salón marcaba las diez, había tardado una hora en estar preparado para salir. Encendí el televisor sin prestar especial atención. Después me entró apetito, fui a la cocina y busqué algo fácil de preparar, no lo encontré, así que volví a sentarme en el sofá, no quería distraerme cocinando, cuando llegase el momento quería poder salir por la puerta sin tener que entretenerme.

Apagué el televisor y fui al recibidor, paré frente a la puerta de salida, la abrí y la volví a cerrar. Entré en mi habitación, cogí unos libros y unos apuntes y los metí en la mochila que siempre me acompañaba. Volví al recibidor, paré frente a la salida de nuevo, miré la puerta desafiante. No entendía qué me estaba pasando, ¿por qué no podía salir de casa? me senté en el frio suelo de la entrada con las piernas cruzadas, mirando fijamente la inanimada madera y le pregunté.

— ¿Por qué no me dejas salir de casa? —dije en voz alta.

Creí estar volviéndome loco. Mina que, hasta entonces, había estado durmiendo en su sofá que se encontraba junto al nuestro en el comedor, apareció por detrás y lamió mi cara, como preguntándose ella también qué estaba haciendo. La acaricié y le puse el collar, salimos a dar un paseo. Dimos tres vueltas a la manzana, Mina me miraba confusa, no solía llevarla atada tanto rato y menos, para dar vueltas inútiles como las que estábamos dando.

Como si pudiera leer el pensamiento de mi perra, fui al paseo dejándola correr a sus anchas. Me senté en un banco, cogí una piña de pino y se la lancé en varias ocasiones, al igual que hacía todas las veces que salíamos a pasear. Miré a lo lejos, y vi que el letrero del hotel donde él se encontraba estaba encendido al igual que cada noche, aunque jamás me había fijado antes. Había llegado el momento de encontrarme con él, no puedo describir cómo, pero lo sentí. Me levanté y crucé la carretera, Mina iba a mi lado en todo momento, subí a casa para dejarla allí y cogí la mochila con los apuntes que se encontraba en mi habitación. Al girarme para encaminarme hacia la salida, vi a Carol apoyada sobre el marco de la puerta.

— ¿A dónde vas a estas horas? —me preguntó con voz socarrona.

Me encogí de hombros, no podía admitir mis verdaderos planes. Carol, bueno en realidad nadie, lo entendería. Ni si quiera yo mismo lo hacía.

—Bueno, parece que tienes prisa. Cuidado que no vuelva a dejarte una nueva marca —dijo Carol mofándose de mí, refiriéndose al enorme chupetón de mi cuello.

Negué con la cabeza, Carol se apartó de la entrada para dejarme pasar. Salimos de mi zona cerrando las puertas a nuestras espaldas.

— ¿Nos veremos mañana? —le pregunté a modo de despedida.

— Como dirías tú… —se encogió de hombros y se echó a reír.

Me giré para mirarla. Sus ojos verdes eran preciosos. Sonreí y salí por la puerta. Una vez en la calle, caminé a paso ligero hasta llegar al hotel. Esta vez entré sin hablar con nadie. Ya dentro del ascensor, éste cerró sus puertas tras de mí sin que yo le señalara a dónde me dirigía. Llegué al ático, le vi. De pie, bajo el arco que separaba el salón de la habitación, con los ojos cerrados. Esperaba, me esperaba a mí. Él sabía de antemano que estaba en camino. Abrió los ojos y, al verme, sonrió. Me acerqué como si una fuerza desconocida me obligara a hacerlo. Paré frente a él, que no se había movido ni un milímetro. Seguía en la misma posición, se apartó para dejar que entrara. Me quitó la mochila y la dejó sobre una silla cercana, la misma silla donde la noche anterior había puesto mi ropa. Luego, alzando la mano, me mostró lo que me había preparado.

Una mesa de cuatro plazas, situada frente el ventanal. Con una silla a cada lado, para que pudiéramos sentarnos los dos. Cubierta por un mantel de color azul marino y sobre éste, en el centro de la mesa, un candelabro de plata con tres velas largas, encendidas, de color rojo. Sobre la mesa también había una bandeja, a juego con el candelabro, cubierta por una tapa también plateada. Le miré confuso. “¿Me has preparado la cena?” me pregunté. Asintió con la cabeza a modo de respuesta. Luego me tomó la mano y me acercó hasta ésta. Hizo que me sentara. Después él también se sentó. Me fijé en que su plato estaba vacío. Supuse que ya habría cenado, no le di importancia. Nos quedamos mirándonos el uno al otro.

—Menuda grosería por mi parte —dijo mi escritor. Se levantó de su silla, se acercó a mí y destapó mi plato.

Miré el plato, todo el calor que había desprendido desde que lo habían preparado, se condensó y, al apartar la tapa, salió una nube de vapor. En cuanto ésta se dispersó, pude ver ante mí una pequeña tortilla de patata de dos huevos y, al lado, dos trocitos de pollo empanado. Sonreí al ver tan bien combinados mis dos platos preferidos. Le miré sorprendido de nuevo.

— ¿Quién te lo ha dicho? —le pregunté extrañado—. ¿Conoces a mi hermana? ¿O tal vez ha sido Montse? la camarera a la que le diste el libro esta mañana —le pregunté sin borrar la sonrisa de mi rostro.

—Se te va a enfriar —repuso—. Tú come y disfruta de este… suculento manjar.

Corté la tortilla en pedacitos e hice lo mismo con el pollo. Cogí el tenedor que había al lado del plato, pinché un trozo de cada y lo metí en la boca. En ese momento se despertó un hambre espantosa en mí. Terminé de masticar y tragué.

—Gracias, está buenísimo —le dije mirándole directamente. Volvió a levantarse y a acercarse a mí. Se agachó para coger algo que no llegué a ver hasta que se levantó, abrió la botella de Coca cola y me sirvió una copa. Asentí con la cabeza para agradecérselo. Entonces volvió a su asiento, alargó la mano y se sirvió una copa de lo que me pareció vino, por accidente cayó un cubito de hielo dentro de su bebida y el líquido salpicó unas gotas en su cara. Sacó el hielo cuidadosamente con los dedos, lo volvió a meter en la jarra y después se los chupó.

—Dime John ¿cómo te van los estudios?—me preguntó, creí que para romper el hielo.

—Creo que mañana tenemos un examen sorpresa —dije mientras masticaba pausadamente.

Sonrió.

—Si lo sabes, ya no es sorpresa ¿no? —dijo arqueando las cejas. Le dio un sorbo a su copa.

—El profesor de la materia me pidió ayuda para imprimirlo —contesté después de tragar—. Y sin que él se diera cuenta le eché una ojeada al ejercicio y vi la fecha por accidente. —Me metí otro trozo de comida en la boca.

Volvió a servirse una copa de vino, alzó la jarra para ofrecerme. Negué con la cabeza, no me gustaba el vino, nunca me había gustado. Al fin terminé con mi comida. Le enseñé el plato vacío y después abrí la boca imitando a mi sobrino para enseñarle que no quedaba nada. Sonrió al verme. Dio un largo trago a su copa y, por último, se relamió los labios, como si fuera el manjar más apetitoso del mundo. Se levantó y se acercó a mí, cogió mi mano y me llevó hasta el cuarto de baño, me sorprendió cuando hizo que me sentara en el suelo, cruzando mis piernas.

Volvió a sorprenderme cuando vi que empezaba a quitarse la ropa. No podía dejar de mirarle, apenas pestañeé. Primero se quitó la camisa desabrochando los botones uno por uno, continuó con su cinturón y el botón del pantalón. Se deshizo de la camisa y la dejó con suavidad sobre la taza del baño, después bajó sus pantalones e hizo lo mismo con su ropa interior. Cuando hubo terminado, paró frente a mí durante un largo minuto, al igual que yo había hecho la noche anterior. Le miré con la boca entreabierta, deseé lanzarme a su cuello, soplé al sentir que debía contener mis ansias. Al menos hasta que él me permitiera acercarme un poco más. Apartó su intensa y azul mirada de mí y se metió en la ducha, dejándome allí. Arqueé las cejas y permanecí sentado a la espera, comencé a morderme el labio inferior.

Empecé a sentirme como un perro, un perro obediente al que le muestras un filete en varias ocasiones hasta conseguir que lo desee con todos sus sentidos y, luego, le ordenas que permanezca sentado a distancia. Empecé a sentir cómo mi impaciencia iba en aumento, mordí mi labio inferior hasta hacerlo sangrar. Esperé y esperé mientras veía cómo el agua se deslizaba sobre su blanco y fibroso cuerpo. Me levanté y se giró, paró el agua, me acerqué y me arrodillé frente a él. Su miembro permanecía endurecido desde hacía ya un rato. A diferencia de la noche anterior, aquel día, pude dejar volar mi imaginación, creí que era un buen momento para saciar mi curiosidad. Mirándole en todo momento a los ojos, probé aquella extensión que quedaba a la altura de mis carnosos labios. Me dejó hacer durante un buen rato, hasta que mi delicadeza le impacientó. Fue entonces cuando me hizo levantar y me llevó a la cama, me desnudó pacientemente e intentó repetir lo de la noche anterior, pero no se lo permití, quería terminar lo que había empezado.

Le impactó mi tozudez, después de intentar tumbarme en la cama en varias ocasiones para tomar él las riendas. Se rindió, se tumbó y alzó los brazos cruzándolos tras su cabeza, utilizándolos a modo de almohada. Acabé lo que había empezado. Noté cómo su blanca piel se estremecía entre mis labios, y supe que había llegado al punto de placer máximo, sin embargo no expulsó ninguna substancia al igual que habría hecho yo. El suave vello que le cubría todo el cuerpo se erizó, apreté los labios y tragué saliva. Acto seguido se deslizó hasta donde yo estaba y me abrazó haciendo que se me pusiera la piel de gallina al notar su frialdad.

—John… —susurró.

Sonreí y le besé en el cuello. Estuvimos un buen rato abrazados. Luego se levantó y fue al cuarto de baño, trajo algo que me parecieron unas toallas hasta que las desdobló. Se trataba de un albornoz y una bata de seda. Se vistió la bata de seda y me pasó el albornoz, me lo puse. Se tumbó a mi lado con el sigilo de un felino sin cesar de sonreírme.

— ¿Qué querías enseñarme? —preguntó.

Me resultó muy curioso, ya que no le había nombrado nada de aquello. Recordé mis apuntes y estirando el brazo los alcancé. Abrí la mochila negra y la dejé en el suelo, después cogí la libreta negra que nunca olvidaba al ir a clase. En aquella libreta guardaba una colección de publicaciones en red y en prensa relacionada con cosas paranormales. Pero, primero, le enseñé un libro que él me había dedicado cuando yo era sólo un niño. Acomodados en la cama lo tomó y pasó las primeras hojas. Tras el prólogo estaba la dedicatoria, mientras él leía, yo le observaba apoyado de costado, casi sobre él.

—Es curioso —dije—. Te recuerdo exactamente igual que ahora.

—Mi comentario pareció resultarle muy divertido, comenzó a reír.

—Me cuido mucho —dijo a modo de escusa.

Mientras seguía mirándole, me pasó por la cabeza que posiblemente si seguía igual que entonces sería porque se había operado en alguna ocasión. El negó con la cabeza.

—No, nunca me he operado.

Me sorprendió mucho que me respondiera a algo que había pensado, hice una mueca.

— ¿Acaso lees mi mente? —pregunté.

Sonrió mirándome, y cambié el libro por la libreta.

—Es lo que habría dicho cualquiera; era de esperar que pensaras eso. —Me respondió.

Miré cómo observaba todas y cada una de las hojas de la libreta, sus ojos se movían al leer aceleradamente, a veces negaba con la cabeza, luego pasaba página y se reía, de repente me miro muy serio, me mostró la hoja donde tenía enganchados aquellos artículos. Aquella carilla hablaba de la resurrección de los muertos, ponía varios modos de conseguirlo pero, sin embargo, a pie de página, había escrito a boli el nombre de aquellas dos substancias que había encontrado.

—No lo hagas —dijo.

De nuevo me había sorprendido, sin que yo dijera nada, había llegado a la conclusión de qué era lo que quería hacer. Aunque, pensándolo bien, era obvio. Cualquiera adivinaría lo que me proponía hacer después de ver aquellas hojas. No podía contestarle, ya que lo había decidido. Estaba todo meticulosamente planeado, iba a hacerlo, dijera lo que dijera.

—Es mi razón de vivir. —Contesté después de pensar durante un rato, con una pizca de dolor en la voz.

— ¿Cuál? —preguntó. Como si no supiera qué pasaba por mi cabeza.

Cuando fui a contestarle no supe qué decir.

— ¿Cuál es tu razón de vivir? —repitió la pregunta con impaciencia como si yo no lo hubiera entendido la primera vez.

Pensé un poco más, acaso buscaba respuestas ocultas dentro de mí. Quizá él no podía leerlo en mi mente, porque ni yo mismo lo sabía.

—Antes de morir… he de descubrir, el porqué de mi existencia, por qué la vida es tan miserable y frágil… —paré un momento antes de seguir hablando.

Él esperó pacientemente.

—Tiene que haber algo más… algo ha de quedar de nosotros cuando morimos. Y si lo hay he de… —No sabía cómo continuar, no sabía por qué quería hacerlo, cuando pensaba en la causa de mis actos, mis experimentos, se me nublaba la mente y no podía ver más allá. Pensar en eso me deprimió. Él comenzó a reír, como si realmente todo aquello que a mí me atormentaba, le hiciera gracia. No me gustó aquella burla, me miró esperando a que prosiguiera mi explicación.

— ¿Inmortalidad? —preguntó, obligándome así a olvidar mi tristeza y a hacer que lo enfocara todo de otra manera.

—Nunca lo había pensado de ese modo… —susurré—. No sé realmente qué quiero descubrir —volví a meditar—, pero si consiguiera que la gente no pudiera morir, al menos hasta que no envejecieran…

— ¿Y crees que la solución correcta será resucitar al que no resista? —interrumpió él descaradamente.—John, o se es inmortal o se muere. Luego ya no hay marcha atrás —me espetó.

—Tiene que haber algún modo de que el ser humano se vuelva más resistente —insistí.

—No juegues con eso —ordenó—. Ni siquiera quiero que pienses en ello.

Le miré desafiante.

— No tienes ni idea de con qué estás jugando, quizá algún día te lo muestre— concluyó.

— ¿Mostrarme? ¿Qué has de mostrarme? ¿Quién…? ¿Qué sabes?

Negó con la cabeza.

—Quítate esas cosas de la cabeza —me dijo suavemente esta vez, alargando la mano y acariciando mi barbilla.

Me enfureció que me tratase como a un niño ¿acaso creía que con cuatro caricias iba a conseguir hacerme cambiar de opinión?

— ¡No me vengas ahora con esas! —levanté la voz y le aparté la mano bruscamente—. ¡Cuéntame lo que sabes! ¡Maldito!

Él, con calma, volvió a acariciarme.

— ¿Qué es lo que te hace estar obsesionado con ese tema? No logro verlo… —susurró.

—Por favor —le supliqué con la voz rota. Rompí a llorar y caí de nuevo entre sus brazos.

—Algún día te lo contaré, lo prometo —dijo acariciándome el pelo—. Pero ahora tienes que tener paciencia. Al igual que la estoy teniendo yo.

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